Elisa

A veces hay mundos imaginarios que merece la pena vivir…

Elisa se despertó con una nota suave y clara en la mente, con una melodía rítmica, tranquila, como progresión feliz y sin tropiezo de sus días y su futuro. Pero no se levantó al momento, pues vivir en aquella melodía que le arropaba el corazón y le despojaba a la fuerza de toda pena era demasiado agradable para poner los pies en el suelo de nuevo. Las notas se sucedían, la tomaban de la mano, la hacían girar suavemente… la vestían con un vestido que ondeaba al viento, aquel que llevó una vez en una tarde de paseo de domingo. Notaba la brisa fresca que, tras perseguirla, le descubría las innumerables flores del paseo, sus colores diversos que desentonaban unos con otros, sus olores apacibles y en perfecta combinación, como si hubiesen sido elegidos con el propósito de absorber los miedos.

Pero debía despertarse, y ella lo sabía. Puso sus desnudos pies en el suelo de madera, que estaba templado, y aún tatareando aquella melodía, movió sus pies al ritmo, bailando como en el sueño, hasta llegar al baño donde se lavaría el rostro con agua de rosas y se miraría al espejo. El agua estaba fresca, y el olor de las rosas la hacía permanecer en el paseo de su sueño, pero al mirarse al espejo el reloj del tiempo paró. Dio entonces cuerda hacia atrás, minuto a minuto, hasta volver al día de ayer. Y en ese instante, Elisa se topó de frente con la cruda realidad, su rostro era triste y pálido, la música se había callado: ya no recordaba una sola nota, había olvidado su sueño.

Se vistió entonces para la ocasión, de forma neutra y apagada, comió algo sin sabor (pero muy bajo en grasas) con rapidez y sin hambre; y salió de casa hacia el trabajo, a coger el mismo autobús de siempre, a la misma hora de siempre, para sumergirse en la desconexión de sí misma por todo un día, como siempre hacía. Malgastaría su vida en pensar en otras cosas “importantes”, hasta que ya, al terminar la jornada, pudiera coger su chaqueta y, privada ya de sus ganas de vivir, volver arrastrándose a casa, hecha un lagarto pequeño, un lagarto herido que solo quiere comer algo por no morir, y dormir hasta el día siguiente en su pequeño refugio.

Pronto se dejaba dormir, para vivir en el sueño su verdadera vida, aquellos momentos en los que volvía la melodía, reviviendo los sonidos que le parecían lo más hermoso que había escuchado jamás, y que sin embargo, nunca había escuchado antes. Esas notas y su consecución formaban una imagen, olían a su colonia. Y se se puso boca arriba en la cama para escucharla con ambos oídos.

La verdadera Elisa tocaba el piano, pero sin que le costase, era más bien como múltiples caricias, cada tecla era un pequeño gato maullando cuando sus manos se separaban, pidiéndoles más. Tocaba una y otra vez la misma larga melodía, las mismas notas cuyo entramado la hacía descubrirse, perdonarse, y superarse para tocar una vez más llena de orgullo y confianza. Y es que la verdadera Elisa creía en sí misma, estaba satisfecha, y lo más importante: solo pensaba en su melodía, su cabeza estaba repleta de grandes sonidos y no había espacio para nada más. La verdadera Elisa no tenía pasado ni futuro, solo una melodía eterna que bailar.

Y entonces pensó que esa Elisa jamás podría ser un lagarto sin morirse por dentro, y vio muchos otros lagartos a sus pies, mientras tocaba, mirándola con asombro, moviéndose a su compás, y cómo sus corazones se llenaban de su música. En ese momento una nota estridente, que no provenía de su piano, rompió la armonía y los lagartos corrieron dando tumbos en diferentes direcciones, sus corazones ya vacíos. Había sonado el despertador. Entonces Elisa se levantó de la cama, el suelo estaba templado, fue al baño a lavarse el rostro con agua de rosas… pero algo había cambiado en su cabeza. ¿Estaba dispuesta a volver a ser otra que no fuera la verdadera Elisa? Y como el primer rayo inesperado de una tormenta, corrió hacia el salón, descubrió su antiguo piano que permanecía dormido bajo una sábana, ya polvoriento, se sentó aún con el camisón y los ojos cerrados y tocó. Tocó aquellas teclas como si le doliese el alma, a prisa, a fuego, como si sus dedos tuviesen hambre, como si sus oídos tuviesen sed de aquellas notas que por fin se hacían realidad. Y rió muy alto. Y no abrió nunca los ojos. Siempre había sabido tocar la melodía, pues la verdadera Elisa habitaba dentro de ella, y la guiaba como un fantasma de un ser querido a cada una de las teclas, cuyo sonido provocaba una onda de placer hacia su corazón y le encogía el pecho. Y ya sin saber porqué, empezó a llorar de alegría, y decidió que nunca más abriría los ojos, y nunca más se convertiría en lagarto.

Roberto la encontró cuatro días después, consumida ante el piano, su esqueleto frío, sus ropas amarillas, sus ojos aún cerrados. Y sin embargo pensó allí delante de ella, pasmado, que era muy hermosa, porque por aquella sonrisa en su rostro, casi mueca desencajada por la felicidad, merecía la pena morir.

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Foto de Jorge Fakhouri Filho en Pexels

Publicado por loquecallanlasplantas

Leo mucho y escribo a veces demasiado, porque sino fuese por la escritura, nada tendría sentido... Escribo para reflexionar y que nos conozcamos más, tú en tu propio viaje interior y yo en el mío, pero unidos por un hermoso lazo en forma de texto.

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