Lo que le debemos al ruido

“Siempre me gustó el ruido en las noches solas, el saber de la actividad de alguien, como si la vida pasase irremediable, aunque yo conciliar el sueño no pudiera…”

Al principio de mi todo, odiaba sin lugar a dudas el ruido. Ese momento en el que cerraba los ojos y de repente mi inconsciencia se veía atropellada por neumáticos deslizándose por el asfalto y griterío lejano. ¿Cómo iba yo a dormir si había gente ahí fuera que continuaban sus vidas inmunes al sueño, logrando instantes valiosos, mientras yo me dejaba llevar por el estado de la no-muerte? Me parecía algo así como que me habían estafado, que dormir no hacía falta y que solo lo hacía la gente mediocre que se conformaba con vidas tristes. Los que de verdad vivían estaban ahí fuera. Dormir era un simple cuento para niños, como los dragones y las hadas.

Así que no podía dormir, y me levantaba a deambular en busca de sueños perdidos, como un cuerpo sin alma, un fantasma pequeño en un castillo; resignándome al hecho de que todo aquel valioso tiempo ya estaba perdido. ¡Qué suerte los que podían cerrar los ojos y abandonarse a aquella maldita costumbre socialmente impuesta!

Entonces comencé a apreciar el ruido, y a esperar junto a la ventana, con la atención puesta en el mundo, esperando algún movimiento. Y en cuanto alguien aparecía mi calma se acrecentaba, al menos había alguien que vivía mientras yo no pudiera, era como ver un pájaro blanco desde una celda, ese consuelo y admiración que nos provocan las aves volando alto. Además, hacía moverse el reloj más rápido porque sino el silencio… ¡maldito castigo! me esperaba agazapado como un archienemigo dispuesto a arrebatarme la cordura. Siempre recordaré esos momentos de mi niñez, cuando a altas horas de la noche el silencio se apoderaba de todas las habitaciones y no existía movimiento en las calles… el tiempo se paraba por completo.

Pero lo que más me inquietaba no era el silencio, sino la idea de que si nada ocurría, ni ruido ni imagen, ¿cómo podía saber que aquella ventana no era una simple fotografía? ¿que mi mirada estaba atrapada en algo que no existía, en una simulación de un espacio-tiempo que no avanza y que es infinito? Sin reloj, no hay minutos más eternos que aquellos que se pasan esperando. Aquella hipótesis, aunque aún demasiado primordial para entenderla en mi joven mente, me mantenía alerta ante cualquier cambio en la pequeña ventana. ¡Y menos mal que tenía aquella ventana! Hasta que ya, anestesiada la noche, pudiera verse a lo lejos una tenue luz azulada y entonces me relajaba como si hubiese tomado una medicación: sabía que por fin se acercaba el inicio de las aventuras, el final de aquella muerte quieta, el mundo no se había parado esa noche: ya era seguro dormir.

Desde entonces creo que las cosas han cambiado en cierta parte, y ahora el silencio es más bien un aliado, pues llevando una vida ajetreada y de ciudad, a veces pienso que podría estar muy bien eso de parar el tiempo un poco durante la noche, aunque solo sea para aliviar un poco la conciencia, unos minutos robados al día, que deben saber a algo así como a ese último trozo de tarta de cumpleaños, o a los minutos añadidos de sueño tras posponer un despertador. Ahora lo que quiero es poder pararlo todo, y volverlo a andar cuando mi cabeza haya descansado, como un muñequito a cuerda, o una caja de música.

Pero no siempre fue así. Hace no tanto recuerdo llenar mis momentos de sonidos continuamente, poniendo música para cada cosa (leer, cocinar, escribir, pintar…), siempre tapando el sonido real, siempre ocultando los pensamientos, los sonidos de la vida eran tristes, demasiados sobrios y huecos, la vida era mejor con banda sonora. Recuerdo no entender cómo mi padre podía permanecer largas horas sentado en el balcón de noche, mirando al vacío, escuchando a la nada, y apurando un cigarro largo. Eran, por aquel entonces, “actividades de mayores” que aún no lograba entender y es que era aún muy pequeña como para comprender lo maravilloso de la quietud y la paz mental. Nunca supe el verdadero valor de los sonidos mundanos, que ayudan a mantenernos en el momento presente, a aceptar el instante y el lugar. Al fin y al cabo con música todo se vuelve etéreo y se confunden el hoy y el ayer, y antes de darte siquiera cuenta, estarás lamentándote de no haber tomado otras decisiones en a saber qué circunstancias. No, el sonido de un camión, el ruido de una fábrica, te zarandean desde los oídos y te gritan “¡estás aquí! éste es tu momento, y no volverá a pasar”. Así que les debemos, y mucho.

Un sonido extremadamente agradable de mi infancia era el de la salida de los grandes barcos a primer hora de la mañana, aquellos días de verano cuando la familia pasaba los días en una casa de la costa. Y siempre me despertaba aquel ruido infernal, atronador, que me recordaba que se iniciaba el día. Y eso me molestaba enormemente. Es curioso observar cómo según crecemos vamos obteniendo más placer del dormir, del no-estar, del olvidar un poco.

Y sin embargo, ahora lo echo de menos, ése y el sonido de la televisión de mi madre, que resonaba hasta tan tarde por toda la casa, así como los murmullos de las conversaciones de mis padres temprano en la mañana, sin levantarse de la cama, cuando aún estaban juntos.

La vida es al final, una sucesión de sonidos, desde que nos despertamos hasta que nos dormimos, que podríamos sentir sin ver una sola imagen: el sonido de los cereales en un bol de desayuno, la cremallera de la chaqueta subiendo en invierno, las pisadas, los chapoteos de los zapatos en agua de lluvia…

Los sonidos están subestimados.

Claude Van der Waals

Publicado por loquecallanlasplantas

Leo mucho y escribo a veces demasiado, porque sino fuese por la escritura, nada tendría sentido... Escribo para reflexionar y que nos conozcamos más, tú en tu propio viaje interior y yo en el mío, pero unidos por un hermoso lazo en forma de texto.

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